Sin importar las veces que fueran barajadas, ellas sabían que volverían a encontrarse, pues, la suerte o el destino las uniría en una mano afortunada. Partida tras partida, ronda tras ronda volaban entre otras de su misma especie. Jugaban entre sus compañeras, mientras se reunían de nuevo, intentando formar combinaciones que tuvieran valor para alguien.
¿Qué valor podrían tener separadas? La unión era lo que daba valor a estas entrañables amigas. Y, en una de esas partidas, se encontraron de nuevo. Latido tras latido, sus corazones se unieron. Puede que se volvieran a separar, pero estaban seguras de que fuera como fuera volverían a verse de nuevo. Entonces, entendieron que no importaba lo que las separara si, llegado el momento, se juntarían. Y, desde ese instante, conocemos a esas dos cartas como el rey y la reina de corazones.
María Gomariz Calvo
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